Guajardo: símbolo de la traición

México Opinión

José Gregorio Linares

El mexicano Jesús Guajardo es el símbolo de la traición. Se hizo pasar por revolucionario para ganarse la confianza de Emiliano Zapata (1879- 1919). Éste exigía expropiar las haciendas de los latifundistas, redistribuir las tierras entre los campesinos y restituir las ancestrales posesiones de los indígenas. Su lema “Tierra y libertad” compendió las aspiraciones de los campesinos, que le siguieron. Con ellos conformó un singular ejército en el que los soldados “empleaban el tiempo en arar y segar sus recientemente conquistadas tierras, y solo tomaban las armas para rechazar la invasión”. Nada de esto gustó a los oligarcas, que al no poder derrotar a Zapata en el campo de batalla en forma definitiva, planearon tenderle una celada para asesinarlo y así decapitar la insurrección agraria.

Guajardo fue el agente ejecutor de este plan. Era un oficial del Ejército Constitucionalista; por órdenes de sus superiores (el presidente Venustiano Carranza y el general Pablo González) finge que estaba descontento y que deseaba pasarse al Ejército Libertador del Sur comandado por Zapata. Ofrece entregar soldados, armas y pertrechos para apoyarlo. Zapata al comienzo desconfía. Lo pone a prueba: le ordena castigar a los militares a su mando “responsables de saqueos, violaciones, asesinatos y robos”. Guajardo, astutamente cumple la orden y sacrifica a una parte de sus esbirros. Se cuenta que “separó de entre los soldados a cincuenta y nueve hombres, todos los cuales fueron pasados por las armas”.

De este modo se gana la confianza de Zapata. Acto seguido, le tiende una emboscada en la hacienda de Chinameca, donde aguarda junto a sus secuaces. El 10 de abril de 1919 es la oportunidad esperada. Zapata marcha confiado al encuentro con Guajardo quien lo ha invitado a comer. “A las dos y diez minutos de la tarde Zapata se presentó ante el cuerpo de guardia ejecutándose lo dispuesto”, contó lacónicamente el traidor. En el parte oficial, los zapatistas que sobrevivieron a la celada testimoniaron: “A Zapata lo seguimos diez, tal como él ordenara, quedando el resto de la gente, muy confiada, sombreándose debajo de los árboles y con las carabinas enfundadas. La guardia parecía preparada a hacerle los honores. El clarín tocó tres veces llamada de honor y al apagarse la última nota, al llegar el general en jefe Zapata al dintel de la puerta, de la manera más alevosa, más cobarde, más villana, a quemarropa, sin dar tiempo para empuñar ni las pistolas, los soldados que presentaban armas descargaron dos veces sus fusiles, y nuestro general Zapata cayó para no levantarse más”. La leyenda dice que “murió como vivió: abrazado a la tierra”.

Luego Guajardo exhibe el cadáver como trofeo de guerra en la plaza del ayuntamiento para que todos se cercioraran de que Zapata estaba bien muerto y así desmoralizar el movimiento revolucionario. Cobra la recompensa ofrecida por engañar y matar al legendario líder de la Revolución: 50 mil pesos en monedas de plata y el ascenso a General de División. Lo que vino después fue jolgorio entre las filas de la reacción y entre los hacendados; y consternación y rabia entre los revolucionarios y el campesinado pobre. No pasaría mucho tiempo (1920) para que Pancho Villa fuera también traicionado y asesinado.

Desde entonces el espectro de Guajardo reaparece cada vez que el movimiento popular avanza, siempre que se vislumbra una esperanza y cuando surge un líder revolucionario. El pueblo mexicano sabe, por tanto, que a cada avance de la Revolución le sucede un intento de traición y de asesinato. En consecuencia, la gente no puede quedarse “muy confiada, sombreándose debajo de los árboles y con las carabinas enfundadas”. Debe estar alerta. De lo contrario los traidores caerán nuevamente sobre nuestros líderes “de la manera más alevosa, más cobarde, más villana”. Así ha ocurrido recientemente en Brasil y Ecuador, donde traicioneros de toda estirpe se han valido de diferentes subterfugios para asaltar el poder y frenar el movimiento popular.

Hoy en México acaba de ganar la Presidencia de la República el dirigente Andrés Manuel López Obrador, un vocero de los de abajo, seguidor de los programas de lucha enarbolados por los revolucionarios mexicanos de comienzos del siglo XX. Deberá enfrentarse a un Estado permeado por la delincuencia organizada, el narcotráfico, el paramilitarismo, la oligarquía terrófaga, la burguesía entreguista, la clase media alienada y la abyección frente a Estados Unidos. Son muchos y muy poderosos los enemigos. ¡Cuidado con Guajardo!

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