Desagravio a Donald Trump

Opinión

Armando Carías

Probablemente, cuando termine de leer estas líneas, usted pensará que yo estoy loco.
Eso me tiene sin cuidado y por eso le voy a confesar lo siguiente: a mí, Donald Trump me cae bien.
De hecho, es probable que yo sea la única persona en el mundo a la que el presidente de los Estados Unidos le parece buena persona, un tipo cordial, un carajo amistoso.
El vecino que todos quisieran tener.

Que conste que estoy hablando en serio. El hecho de que esta columna se llame “Humor rodilla en tierra” no significa que yo, pese a las diferencias políticas que pueda tener con Donald, no sea capaz de reconocer sus virtudes, su gracia, su ángel y, sobre todo, su innegable simpatía.
¡Porque no me va a negar usted que Trump es burda de simpático!

¿Usted no lo ha visto caminar? ¿Verdad que tiene un tumbaito así como guapachoso cuando saca el pecho como diciendo “aquí estoy yo”?

¡Claro! Hay quienes dicen que es “complejo de superioridad”, pero yo no estoy de acuerdo con eso.  Esa es envidia que le tienen.

¿Y cuando habla? ¡Ese Donald se expresa con una ternura conmovedora!
Puede estar anunciando invasiones, saqueos y sanciones; pero lo hace con un encanto y un don de gente tan grande, que uno hasta se olvida que el invadido, el saqueado y el sancionado podría ser uno mismo, y se rinde ante la fascinación que irradia ese ser predestinado a ser amado y querido por la humanidad entera.

Si a estas alturas usted no ha abandonado la lectura de este artículo es probable, ¡ojalá!, que esté de acuerdo conmigo en que, de las muchas cosas que hacen de Donald Trump un tipo adorable, es su copete la mayor de todas.

Y conste que no es que yo esté aquí botando la segunda públicamente ni mucho menos. No señor.
Machismo aparte, hay que reconocer que es su peinado la corona que realza la majestad de su figura y el sello que le distingue entre otros mandatarios, que por más laca que se echen, nunca llegarán a tener una melena tan frondosa y señorial.

Fuente Cuatro F

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